Salí del colegio a los 18 años y en esa etapa conocí a quien fue mi esposo. Con él quedé embarazada varias veces. Hoy puedo decir que tres de esos hijos están junto a mi Padre Celestial.
Mis primeras decisiones las tomé desde el miedo y la confusión. Mi primer aborto lo hice con pastillas, temiendo no tener apoyo de mi familia y sin orientación. Inmediatamente sentí un vacío profundo, miedo y dolor en mi corazón.
Años después volví a quedar embarazada y nuevamente accedí a un aborto, esta vez con pastillas y una inyección adquiridas en una farmacia clandestina. Tuve complicaciones y necesité atención de emergencia y un legrado en el hospital. Esa experiencia me marcó profundamente, llenándome de tristeza, culpa y ansiedad.
Tiempo después quedé embarazada de nuevo. Decidí continuar con el embarazo, pero mi pareja me llevó a una clínica de interrupción. Allí viví miedo y confusión; el médico terminado el procedimiento me dice sonriente que puedo volver si vuelvo a tener el mismo problema o si algunas amigas necesitaban de su ayuda, mi corazón quedó herido y vacío.
Estas experiencias me hicieron sentir desconectada de mi valor culpable, y deprimida. Mi relación se volvió tóxica desde el primer aborto y mi corazón estaba llenó de amargura. Tomaba sin parar en cada fiesta, tenía pensamientos suicidas, lloraba sin saber porque y también tomé una decision drástica como operarme para no tener más hijos, creyendo que eso me daría control y seguridad.
Pero Dios no me dejó sola. Con el tiempo recibí un hijo que es hoy la alegría de mi vida, un regalo que me recordó que Él sigue confiando vida a manos heridas. También viví la pérdida de otro embarazo espontáneo, y una ves más reconocí que la vida no está bajo mi control, pero sí siempre bajo el cuidado de Dios.
Finalmente, después de años de silencio y dolor, pasé por un proceso de sanación en Aún más Profundo donde experimenté el perdón de Jesucristo y aprendí a perdonarme a mí misma. Hoy soy libre y libre de vergüenza pero no por mis esfuerzos, sino por la gracia de Dios. Mi historia no termina en mis errores, sino en Su amor y restauración.
Por eso hoy comparto mi historia: para honrar a Dios y para mostrar que, aunque pasemos por decisiones difíciles, siempre hay esperanza, sanidad y un propósito en Cristo. Nunca más guardaré silencio para la Gloria de Cristo Jesús El Señor de mi Vida.